
El joven que la miraba desde el otro extremo de la
habitación, camina lentamente hacia la ventana. Cierra las cortinas, ocultando
de esta manera la vista del cielo nocturno.
-El que no tengas pareja para el baile de esta noche, no
significa que debas burlarte de las que si lo consiguieron ¿No crees?
-¿Por qué el príncipe desiste de la misión de rescatar a la
princesa? ¿Es que ya no la ama?
-Y ¿Ella lo ama? ¿Por qué la pequeña y caprichosa princesa
espera, a que el príncipe haga todo el trabajo? ¿Por qué debe ser el quien
arriesgue la vida, luche contra feroces bestias, atraviese lúgubres mazmorras,
mientras la dulce niñita se queda contemplando el cielo? Si me lo preguntas, es
una hazaña muy estúpida.
La joven suspira. Se coloca de pie. Camina impaciente por la
habitación.
-Ahora que lo mencionas, es estúpido ¿Para que esforzarse,
verdad?
-Quizás la princesa ni siquiera lo ama.
-Quizás la princesa ni siquiera lo ama.
-Si, es cierto. Es mejor que se
quede en su palacio, disfrute de las fiestas, aperitivos. Tal vez conozca a una
dulce dama, que lo amará, le dará hermosos hijos. Luego, ella conocerá a
alguien más joven y apasionado. Se divorciaran. Pelearan cada vez que sus
miradas se crucen. ¡Que hermosa historia! ¡Permítanme felicitar al director!
-Hablas como una amante celosa y resentida. Llena de odio en
su corazón, porque su amado la abandono por otra. ¿Contigo la historia seria
diferente?
-¿Por qué no? Yo podría amarlo por siempre.
-y ¿Esa otra mujer, no?
-No preguntes estupideces.
-Pues no diga estupideces.
Tal vez ese mismo sentimiento caprichoso la mantiene alejado de él.
-¿Caprichosa? ¡Tengo que quedarme en esta horrible torre,
apreciando por la ventana a los dulces amantes! ¡No sé que ocurrirá!
Probablemente me quede esperando por siempre.
-Desde el comienzo él la amo. La acepto. Le entrego todo
cuanto pudo. Ella también, era afectuosa, atenta y dulce. Sin embargo, con el
paso del tiempo. La vestimenta de príncipe se desintegro. Se transformo en el
sirviente dispuesto a cumplir cualquier caprichoso de susodicha princesa. Aun
así, no recibió nada a cambio. La princesa se llena de atención y cumplidos,
con eso se bastaba.
-¡Basta! ¿Por qué no escribes un libro? No me cuentas la
historia de mi vida, que bien que la conozco.
-Entonces, ¿Por qué sigue preguntándose lo que aparentemente
es tan obvio?
La muchacha volvió a sentarse. Abrazo sus piernas y escondió
la cabeza entre sus brazos. Lloró. Su llanto era desesperado y desconsolador. Todo
su cuerpo temblaba. Sus gritos resultaban escalofriantes. Con un poco de
esfuerzo podías entender entre sus inconexas frases. “¿Por qué? Y ¡Perdóname!
El muchacho la observo en silencio. Se acercó a ella y se
arrodilló. Le tendió un pañuelo, con una sonrisa dijo:
-La forma en que la que lloras, es como si el mundo se
hubiese acabado. ¿No crees que la forma en la que estas actuando ahora parece
muy estúpida?
La joven se quedo pasmada. Mirándolo.
-Guarda esa lagrimas para su funeral. Aún esta vivo.
Lloriqueando no conseguirás que venga un hada madrina a concederte todos tus
deseos.
-Quisiera hacer algo, pero el cuento esta escrito así. La
dulce princesa debe esperar a la llegada de su amado, quien la rescatara.
- Usted no tiene nada de dulce, bella princesa.
- ¡Que simpático! Pero tienes razón – La mirada de la dama
se ensombrece, mientras que de su rostro aparece una sonrisa orgullosa y desafiante.
– Bien principito, quizás al llegar aquí, no encuentres precisamente a la dulce
princesa a quien abandonaste una vez. Por cierto, no tardes mucho, pues soy
impaciente y demasiado necia para rendirme.
El muchacho sonrió aliviado.
By Meg Holmes Kuroba
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