¿Casualidad o destino? Sea cual fuese la respuesta, mis pasos me guiaron una vez más, a un pequeño pueblo que muy bien conocía. La tarde era fría, el viento soplaba con tal intensidad que azotaba las ventanas de las viejas casas. En consecuencia, las personas cruzaban de un lado para otro, con rapidez. Llevaban el cuello del abrigo subido hasta las orejas, por lo que parecía casi imposible reconocer a alguien.

El frío calaba hasta los huesos, pero eso no fue una barrera que impidiera mi paseo por el pueblo. Recorrí varias calles, y a medida que avanzaba mi corazón se aceleraba. Mi caminar no era sin rumbo, sabia bien el lugar a donde quería llegar.
Detuve mi andar frente a una vieja pileta. Sonreí sin pensar. Se encontraba en el mismo lugar. Como si jamás se hubiese movido. Pero esta vez, lucía algo distinto. Me acerqué. Me quede de pie frente a él. La sonrisa se borró de mi rostro. Unos ojos muy marcados acompañados de una espeluznante pero a la vez agraciada sonrisa, era el retrato de la cara que ahora me observaba.